Islandia se prepara para votar mientras Europa observa de cerca
Islandia vuelve a debatir su relación con la Unión Europea. El referéndum del 29 de agosto decidirá si retoma las negociaciones de adhesión, en un escenario marcado por la incertidumbre geopolítica y la seguridad europea.
Durante más de una década, la relación de Islandia con la Unión Europea parecía haber quedado
resuelta. Las negociaciones de adhesión habían quedado congeladas, el entusiasmo de la opinión
pública se había desvanecido y la nación insular parecía conforme con permanecer fuera del
bloque mientras seguía disfrutando del acceso al mercado único europeo a través del Espacio
Económico Europeo.
Ahora, ese consenso se ha desmoronado. A pocas semanas de que los islandeses acudan a las
urnas el próximo 29 de agosto, el país se encuentra en el centro de uno de los debates políticos
más seguidos de Europa. El referéndum, que preguntará a los ciudadanos si Islandia debe
reanudar las negociaciones para adherirse a la Unión Europea, se ha convertido en mucho más
que una cuestión de economía o comercio. En cambio, ha evolucionado hasta convertirse en una
consulta sobre el lugar que Islandia debe ocupar en un escenario geopolítico cada vez más
incierto.
La campaña entró esta semana en una nueva fase con la apertura oficial del voto anticipado tanto
en todo el territorio islandés como en las misiones diplomáticas en el extranjero, permitiendo a
los ciudadanos emitir su voto más de un mes antes de la jornada electoral. En total, se han
habilitado alrededor de 50 centros de votación dentro del país y cerca de 130 puntos de votación
en el exterior para los islandeses residentes fuera de sus fronteras.
La primera ministra, Kristrún Frostadóttir, ha buscado establecer una clara distinción entre el
referéndum y la cuestión más amplia de la adhesión a la Unión Europea, insistiendo en que los
votantes no decidirán si Islandia debe convertirse en miembro del bloque, sino únicamente si
deben reanudarse las negociaciones, suspendidas desde 2013.
«El referéndum trata sobre las negociaciones, no sobre la adhesión», reiteró la primera ministra
esta semana, argumentando que los islandeses merecen la oportunidad de evaluar un acuerdo de
adhesión adaptado a las circunstancias actuales antes de tomar cualquier decisión irreversible.
Esa distinción se ha convertido en el eje central de la estrategia del Gobierno. Incluso si los
votantes aprueban reabrir las negociaciones, cualquier eventual tratado de adhesión tendría que
someterse posteriormente a un segundo referéndum nacional antes de que Islandia pudiera
convertirse en el vigésimo octavo Estado miembro de la Unión Europea.
A diferencia del último gran debate sobre la adhesión al bloque, la campaña actual está siendo
definida mucho menos por cuestiones relacionadas con la pesca o la política monetaria que por
un contexto internacional profundamente transformado por la guerra, la creciente competencia
estratégica y la incertidumbre sobre el futuro de la seguridad transatlántica.
Los ministros del Gobierno han sostenido repetidamente que los acontecimientos más allá de las
costas islandesas han modificado de forma fundamental los cálculos estratégicos del país.
Frostadóttir ha señalado la inestabilidad en Europa y el renovado interés de Estados Unidos por
Groenlandia como prueba de que Islandia ya no puede asumir que el actual equilibrio geopolítico
perdurará. Lo que durante años fue visto principalmente como un debate económico se ha
convertido cada vez más en una cuestión de seguridad y alineamiento político.
El cambio de tono de la campaña refleja una transformación más amplia del debate público. Los
analistas destacan que muchos islandeses que siguen mostrándose escépticos respecto a una
adhesión plena a la Unión Europea respaldan, sin embargo, la reapertura de las negociaciones
simplemente para conocer qué condiciones estaría dispuesta a ofrecer Bruselas en el contexto
actual. Las encuestas muestran un electorado profundamente dividido, aunque el respaldo a
reanudar las conversaciones suele superar al apoyo a una adhesión inmediata, reflejando así la
complejidad del debate.
Los partidarios sostienen que Islandia ya incorpora una parte significativa de la legislación
europea mediante su participación en el Espacio Económico Europeo, pese a no contar con voto
formal en la elaboración de las normas que posteriormente debe aplicar. Argumentan que reabrir
las negociaciones permitiría al país replantear su relación con Europa en un momento en que el
continente está redefiniendo su arquitectura de seguridad.
Los detractores, por el contrario, afirman que los riesgos siguen siendo los mismos. Advierten
que una eventual reanudación del proceso de adhesión podría terminar poniendo en peligro el
control de Islandia sobre sus caladeros, uno de los asuntos políticamente más sensibles del país y,
históricamente, el mayor obstáculo para ingresar en la Unión Europea. Otros sostienen que
Islandia ya disfruta de la mayoría de los beneficios económicos de la integración europea sin
tener que ceder soberanía sobre políticas nacionales fundamentales.
Para Bruselas, el referéndum tiene una importancia que trasciende con creces los menos de
400.000 habitantes de Islandia. Una victoria del «sí» reactivaría uno de los procesos de adhesión más avanzados de la Unión Europea en un momento en que la ampliación ha vuelto a ocupar un
lugar prioritario en la agenda estratégica del bloque tras la invasión rusa de Ucrania y las
crecientes preocupaciones por la seguridad a largo plazo del continente. Gracias a sus acuerdos
vigentes con la Unión Europea, Islandia ya cumple gran parte de la normativa comunitaria, lo
que convertiría cualquier futura negociación en un proceso considerablemente más sencillo que
el de la mayoría de los actuales países candidatos.
Sin embargo, pese a la creciente atención internacional, el desenlace continúa siendo
completamente incierto.
Mientras comienzan a llegar los primeros votos anticipados, la campaña ha entrado en su mes
decisivo sin que ninguno de los dos bandos logre una ventaja clara. Más que enfrentar
simplemente a partidarios y detractores de la integración europea, el referéndum ha puesto de
manifiesto a un país dividido entre dos impulsos contrapuestos: preservar la independencia que
ha definido durante décadas la política islandesa o buscar un lugar más sólido dentro de una
Europa que cambia con rapidez.
Sea cual sea el resultado del 29 de agosto, es poco probable que la votación resuelva
definitivamente la cuestión europea de Islandia. Lo que sí determinará será si un debate que
llevaba más de una década prácticamente paralizado está a punto de comenzar de nuevo.
