Greenpeace y Santa Fe: dos caras de una misma farsa

De las contradicciones del ecologismo internacional al intervencionismo, la presión impositiva y el deterioro educativo santafesino: una mirada crítica sobre estructuras que, bajo discursos diferentes, terminan condicionando la libertad individual.

Greenpeace Santa Fe

La crisis petrolera de 1973 tuvo muchas consecuencias nefastas, pero al menos una buena: arruinó el negocio de la caza de ballenas. Simplemente era muy caro el combustible de los buques para perseguir, cada vez más lejos, a estos mamíferos, pues su número había mermado sin parar desde la época de Moby Dick.

Además, la industria química tenía sustitutos mucho más baratos para el fino aceite de cetáceo.

Los servicios de inteligencia de Holanda, Reino Unido y Francia habían creado algunas ONG para controlar y vigilar a los grupos ecologistas que podían volverse peligrosos. Greenpeace era demasiado pequeña y desconocida.

Ahí surgió una idea genial: que un barco de Greenpeace persiguiera un ballenero, lo molestara con carteles —bajo ninguna circunstancia debía usar violencia— y salvara a los bebés ballena junto a sus mamás. ¿Qué adolescente del mundo no querría unirse a esos héroes y colgar en su cuarto un póster de Save the Whales, con el logo de Greenpeace?

¿Pero dónde conseguir un barco ballenero? Casi no quedaban y el mar es grande. Así que la Comisión Ballenera Internacional autorizó a Japón a matar algunas ballenas para un estudio científico.

¿Matar una especie en riesgo para estudiarla? Sí, señor. ¿No alcanza con Jacques Cousteau filmándolas? No, señor: hay que matarlas, cortarlas y ver qué tienen adentro. Cosa que el capitán Ahab ya sabía en 1851.

Listo. Greenpeace casualmente encontró al barco japonés, filmó cómo disparaban los arpones a metros de sus botes, luego mostró sangre en el agua y, finalmente, carne de ballena a la venta en la góndola de un supermercado.

No sé a ustedes, pero a mí no me cierra el negocio: barco, combustible, seguros, tripulación, carniceros, distribuidores y supermercadistas. Y con la peor imagen del mundo.

Greenpeace se hizo mundialmente famosa. No puede recibir dinero de países o empresas, pero sí de fundaciones filantrópicas, como las vinculadas a Rockefeller, Getty o Gates.

Desde entonces, Greenpeace está al servicio de lo que considero una agenda de destrucción de Occidente. Alemania cerró sus centrales nucleares y aumentó su dependencia de los hidrocarburos importados; Europa profundizó sus políticas vinculadas a las emisiones de CO₂ y buena parte de su industria quedó sometida a crecientes exigencias ambientales. Mientras tanto, empresas trasladaron producción fuera del continente y los fabricantes chinos ganaron terreno.

En Argentina existía un proyecto para criar salmones en Tierra del Fuego. Evitaba tener que pescarlos y permitía variar la dieta patagónica, basada en el cordero, agregando un producto rico en Omega 3.

Greenpeace se opuso y finalmente se consiguió una ley que prohibió la salmonicultura en la provincia por unanimidad. Pero la actividad continúa desarrollándose en Chile y también existe producción vinculada a las Islas Malvinas.

Porque el ecologismo termina siendo selectivo: en algunos lugares se toleran niveles enormes de contaminación mientras que en Europa se obliga a reemplazar vehículos considerados contaminantes por enormes SUV eléctricos con cientos de kilos de baterías.

En 2020, el gobierno de Dinamarca ordenó sacrificar alrededor de 15 millones de visones domésticos ante el temor de una mutación del COVID-19. La decisión generó posteriormente una enorme controversia política y científica. Greenpeace no encabezó una campaña comparable a las que despliega frente a otras cuestiones ambientales.

En 2023 aparecieron además lobos marinos muertos en las costas de Chile y Argentina, en medio de la emergencia por influenza aviar. Las autoridades sanitarias atribuyeron numerosos casos al virus, que también puede infectar mamíferos. Alrededor de aquellos episodios surgieron cuestionamientos y sospechas sobre la manera en que se implementaron determinadas medidas sanitarias.

También hubo fuertes controversias en el sector avícola. En Corrientes, el caso de Avícola Santa Ana derivó en una prolongada disputa judicial después de las medidas ordenadas por el Senasa ante un presunto caso de gripe aviar.

Lo bueno es que, si un habitante de Tierra del Fuego quiere comer salmón, puede juntar unos euros y comprárselo a empresarios de otras jurisdicciones, haciendo la V de la victoria y diciendo: God —and Greenpeace— Save the Whales.

No por nada uno de los históricos dirigentes de Greenpeace, Patrick Moore, abandonó la organización hace décadas y se convirtió posteriormente en uno de sus principales críticos.

La farsa de Santa Fe

A pesar de que en su escudo existe la frase “Provincia Invencible de Santa Fe”, la evidencia empírica muestra que, desde la vuelta de la democracia, ha sido vencida desde adentro por socialistas, peronistas, kirchneristas y radicales.

Su presupuesto es absolutamente elefantiásico, su Justicia de “alto nivel” deja mucho que desear, su sistema educativo está en decadencia y algunas decisiones del Ejecutivo parecen más emparentadas con modelos intervencionistas, como ocurre cuando se intenta reeditar mecanismos similares a los precios acordados o avanzar sobre regulaciones relacionadas con los denominados “discursos de odio”, conceptos cuya amplitud puede abrir la puerta a la discrecionalidad.

Santa Fe sigue cobrando el Impuesto sobre los Ingresos Brutos, un tributo distorsivo que reduce la competitividad de la producción regional.

Los socialistas no solamente no lo eliminaron, sino que incorporaron a la provincia al SIRCREB, un sistema nacional que percibe, en carácter de adelanto, un porcentaje de determinadas acreditaciones bancarias. Su funcionamiento puede generar saldos a favor del contribuyente cuya recuperación resulta lenta y burocrática, convirtiéndose en la práctica en financiamiento para una provincia adicta al gasto.

Y todo ello a pesar de que al gobernador de aquel momento se le advirtió, en la Sociedad Rural de Rafaela, sobre las consecuencias que podía generar el mecanismo. Además de no eliminar el impuesto, se intentaba cobrar anticipadamente utilizando una base de datos que presentaba dificultades para determinar correctamente a quién correspondía retenerle y a quién no.

Esto produjo situaciones injustas. Por ejemplo, integrantes del sector agropecuario alcanzados por exenciones denunciaron retenciones igualmente aplicadas, incluso durante períodos de cosecha. En algunos casos los fondos fueron posteriormente devueltos, aunque después de atravesar procedimientos burocráticos y con una inflación que había erosionado parte de su valor.

Con respecto a la Justicia, tampoco puede ignorarse el debate alrededor de sus elevados salarios y de los privilegios que históricamente acompañaron al Poder Judicial, entre ellos la discusión sobre el alcance del Impuesto a las Ganancias.

En materia educativa, una parte de los docentes acompaña estructuras como las oficinas de género, el lenguaje inclusivo y determinadas corrientes revisionistas de la historia argentina. Así aparecen interpretaciones simplificadas en las que Roca queda reducido únicamente a la figura de un asesino mientras Rosas es convertido en un prócer indiscutible.

En algunos debates en redes sociales incluso se incorporan como símbolos de esas posiciones los puños cerrados junto a banderas vinculadas al movimiento woke. Cuando alguien cuestiona la coherencia de esos símbolos, aparecen explicaciones que relacionan el puño con la “resistencia” y determinados colores con las luchas de los pueblos originarios.

Algo parecido ocurre con quienes continúan defendiendo símbolos históricos sin reconocer cómo fueron posteriormente apropiados por estructuras partidarias. El pañuelo blanco de las Madres es un ejemplo: nació como uno de los símbolos más potentes de la lucha por los derechos humanos y terminó también utilizado políticamente por dirigentes y organizaciones cuestionados por hechos de corrupción o por sus posicionamientos frente a regímenes autoritarios.

La decadencia educativa de la provincia resulta evidente. Socialistas, peronistas, kirchneristas y radicales no consiguieron revertir los problemas estructurales de las escuelas, mientras determinados relatos políticos continúan ingresando a las aulas en un sistema que debería concentrarse mucho más en enseñar a pensar.

Por eso es importante recordar que la educación comienza en casa.

Hay que enseñar a los chicos, sobre todo, a razonar; a respetar; a no destruir; a no mentir ni robar; a ser responsables, esforzados y solidarios; a tener valores; a rechazar la violencia y a cuidar el medio ambiente. Esa formación constituye la principal herramienta para que cualquier intento de adoctrinamiento, sea del signo político que sea, fracase.

Y quizás así, cuando se escuchen determinadas consignas de Greenpeace o algunas de las promesas de la política santafesina, aparezca automáticamente una palabra en la mente: farsa.

Miguel A. Morra
Miguel A. Morra
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