Europa apuesta por la electricidad con un nuevo plan para 2040
La Comisión Europea propone duplicar la participación de la electricidad en el consumo energético para reducir la dependencia de los combustibles importados. El desafío será bajar los costos y modernizar las redes sin comprometer la competitividad industrial.
Cuatro años después de que la invasión rusa de Ucrania pusiera al descubierto la dependencia europea de la energía importada, y apenas unos meses después de que una nueva escalada de tensiones en Oriente Medio volviera a disparar los precios del petróleo y el gas, la Unión Europea apuesta a que la electricidad se convierta en la columna vertebral de su economía.
La Comisión Europea presentó su esperado Plan de Acción para la Electrificación, una ambiciosa estrategia que propone duplicar la participación de la electricidad en el consumo final de energía del bloque: pasar de aproximadamente el 23% actual al 46% para 2040. Los responsables europeos describen la iniciativa como uno de los cambios más trascendentales en la política energética de la UE desde el lanzamiento del Pacto Verde Europeo, al sostener que la electrificación se convirtió en una cuestión tan importante para la competitividad económica y la seguridad geopolítica como para la política climática.
Además de la reducción de emisiones, el nuevo plan pone el foco en otra preocupación: la vulnerabilidad de Europa frente a los combustibles fósiles importados. La Comisión estima que alcanzar el objetivo propuesto para 2040 podría reducir la factura de importación de esos combustibles en hasta 260.000 millones de euros al año, al tiempo que fortalecería de forma significativa su independencia energética.
La propuesta llega tras una serie de crisis energéticas que transformaron la visión estratégica de Europa. Si bien la crisis del gas de 2022 impulsó una rápida expansión de las energías renovables, las recientes perturbaciones derivadas del conflicto relacionado con Irán volvieron a poner de manifiesto la exposición del continente a la volatilidad de los mercados mundiales del petróleo y el gas. Funcionarios de la Comisión sostienen que producir una mayor proporción de energía dentro de Europa, mediante electricidad generada a partir de fuentes renovables y energía nuclear, constituye la respuesta más duradera frente a esas vulnerabilidades.
En el centro de la estrategia se encuentra un amplio esfuerzo por electrificar los sectores que todavía dependen de los combustibles fósiles. La Comisión quiere acelerar la adopción de vehículos eléctricos, ampliar la infraestructura de recarga, sustituir las calderas de gas por bombas de calor e incentivar a la industria para electrificar sus procesos de producción siempre que sea técnicamente viable. Por ahora, el objetivo del 46% para 2040 es indicativo, no jurídicamente vinculante, y será evaluado como parte del paquete de la Unión de la Energía para el período posterior a 2030.
La iniciativa también refleja la creciente preocupación por el hecho de que Europa quedó rezagada frente a varios de sus competidores mundiales. En la actualidad, la electricidad representa apenas alrededor del 23% del consumo final de energía de la Unión Europea, una cifra que permaneció prácticamente estancada durante la última década, pese al rápido crecimiento de la generación renovable. En comparación, economías como China, Japón y Corea del Sur ya registran una mayor participación de la electricidad en su consumo final de energía.
Sin embargo, la Comisión reconoce que la electrificación solo tendrá éxito si la propia electricidad se vuelve más accesible. Una de las principales paradojas que enfrentan los responsables políticos europeos es que suele seguir siendo más cara que los combustibles fósiles que pretende sustituir. Para corregir ese desequilibrio, el Plan de Acción propone reducir los impuestos sobre la electricidad cuando sea posible, reformar los cargos por el uso de las redes eléctricas, ampliar la capacidad de almacenamiento energético, acelerar el despliegue de energías renovables y modernizar los mercados eléctricos, con el fin de hacer que la electricidad sea más competitiva tanto para los hogares como para la industria.
Quizá el mayor desafío sea el envejecimiento de la infraestructura eléctrica europea. La Comisión calcula que modernizar y ampliar las redes de transmisión y distribución requerirá inversiones cercanas a 1,2 billones de euros de aquí a 2040, lo que convierte a la modernización de la red en uno de los mayores proyectos de infraestructura de la Unión Europea. Serán necesarias nuevas líneas de transmisión, redes de distribución inteligentes, mayores interconexiones transfronterizas y sistemas de almacenamiento con baterías a gran escala para que la electricidad sustituya a los combustibles fósiles en el transporte, los edificios y la industria pesada.
El Plan de Acción para la Electrificación se presentó junto con una propuesta de reforma del Sistema de Comercio de Emisiones de la Unión Europea (ETS, por sus siglas en inglés). Con ello, Bruselas busca destinar una mayor parte de los ingresos procedentes del mercado del carbono a la descarbonización industrial, al tiempo que ofrece un mayor apoyo a los fabricantes durante la transición. La Comisión sostiene que preservar la competitividad industrial de Europa exigirá reducir los costos energéticos y, al mismo tiempo, incentivar a las empresas para que inviertan en tecnologías de producción más limpias.
Diversos grupos empresariales recibieron con satisfacción la estrategia, aunque advierten que su éxito dependerá de la capacidad de Europa para reducir el precio de la electricidad con suficiente rapidez. Muchas industrias de alto consumo energético sostienen que la electrificación seguirá siendo económicamente difícil mientras los precios de la electricidad en Europa continúen siendo significativamente superiores a los de Estados Unidos o China. Los analistas advierten que la próxima década podría resultar especialmente compleja, ya que se pide a las empresas que inviertan en nuevas tecnologías costosas mientras esperan los ahorros a largo plazo que promete una economía más electrificada.
Aun así, Bruselas considera cada vez más que la electrificación es inevitable. Lo que comenzó como una agenda climática evolucionó hacia una estrategia industrial mucho más amplia, concebida para reducir los riesgos geopolíticos, fortalecer la resiliencia económica y preparar a Europa para un futuro en el que la seguridad energética ya no se mida únicamente por la cantidad de energía que un país produce, sino también por el origen de esa energía.
