El comunista Lula retuvo el poder en Brasil tras un balotaje marcado por una prórroga inédita, irregularidades y caos electoral

El líder del Partido de los Trabajadores consiguió revertir la derrota de la primera vuelta y se impuso sobre Flávio Bolsonaro. La jornada quedó atravesada por una inédita extensión de dos horas dispuesta prácticamente sobre el cierre, cuando en distintos puntos del país ya había urnas cerradas, boletines impresos e incluso resultados parcialmente contabilizados.

Lula Bolsonaro

Luiz Inácio Lula da Silva consiguió retener la Presidencia de Brasil y gobernará el país por un cuarto mandato no consecutivo, después de imponerse en el balotaje frente al senador Flávio Bolsonaro en una elección atravesada por una fuerte polarización y por un procedimiento de cierre que dejó numerosos interrogantes.

Con prácticamente la totalidad del escrutinio completado, el dirigente del Partido de los Trabajadores se impuso con alrededor del 51,76% de los votos, frente al 48,24% obtenido por Bolsonaro.

La diferencia terminó siendo cercana a los 4,3 millones de sufragios sobre un universo de más de 120 millones de votos válidos, confirmando una vez más la profunda división política que atraviesa al principal país de América Latina.

Lula consiguió además revertir el resultado de la primera vuelta, en la que Flávio Bolsonaro había terminado por delante. La remontada permitirá al dirigente del PT continuar en el Palacio del Planalto, aunque deberá gobernar frente a un Congreso donde las fuerzas de derecha y centroderecha mantienen un peso considerable.

Pero la victoria quedó acompañada por una controversia inédita en el sistema electoral brasileño.

Dos horas más y urnas que ya estaban cerradas

Apenas minutos antes de las 17 horas, momento previsto originalmente para finalizar la votación, el ministro del Supremo Tribunal Federal Cristiano Zanin ordenó extender el proceso electoral hasta las 19 horas.

La medida buscó compensar problemas registrados durante la jornada relacionados con transporte público, lluvias, inundaciones, modificaciones de centros electorales y otras dificultades denunciadas para llegar a votar.

Tanto la campaña de Lula como la de Flávio Bolsonaro habían presentado reclamos para prolongar la votación en determinadas localidades, aunque por motivos distintos.

El problema fue el momento en que llegó la decisión.

En numerosos centros electorales, la orden comenzó a conocerse después de las 17, cuando los presidentes de mesa ya habían cerrado las urnas electrónicas, impreso los correspondientes boletines y, en determinados casos, enviado los equipos hacia los tribunales regionales.

Incluso antes de las 17.30, el propio sistema electoral ya había comenzado a mostrar una pequeña cantidad de votos totalizados.

La situación provocó confusión entre autoridades de mesa, fiscales y electores.

En algunos establecimientos, quienes llegaron después del horario original pudieron continuar votando porque las máquinas todavía estaban abiertas. En otros, las urnas ya habían sido cerradas técnicamente y no podían volver a utilizarse, por lo que ciudadanos que se presentaron durante la extensión no consiguieron emitir su voto.

Hubo incluso consultas sobre la posibilidad de utilizar boletas de papel, alternativa que terminó descartándose al no existir respaldo normativo para implementarla de esa manera.

Frente al desorden, el Tribunal Superior Electoral terminó aclarando que la extensión sólo se aplicaría en aquellos lugares donde la votación todavía no había concluido a las 17.

Las urnas que ya habían sido cerradas no serían reabiertas.

La totalización nacional también fue suspendida temporalmente y retomada después de las 19 horas.

La secuencia dejó una situación cuanto menos llamativa: mientras algunas secciones brasileñas continuaban recibiendo votos, en otras las urnas ya estaban cerradas y los resultados técnicamente contabilizados.

No existe hasta el momento evidencia que permita afirmar que esas irregularidades operativas hayan alterado el resultado final, pero la inédita prórroga y la forma descoordinada en que fue aplicada seguramente alimentarán cuestionamientos sobre la organización de una elección extremadamente ajustada.

Lula seguirá gobernando un Brasil dividido

Superada la controversia electoral, Lula deberá enfrentar ahora una realidad política mucho menos cómoda que la fotografía de la victoria.

Casi 60 millones de brasileños votaron por Flávio Bolsonaro, consolidando al espacio conservador como una fuerza estructural del sistema político brasileño y dejando definitivamente atrás la idea de que el bolsonarismo dependía exclusivamente de la figura de Jair Bolsonaro.

El nuevo mandato de Lula comenzará además con desafíos económicos importantes.

Brasil enfrenta un elevado nivel de deuda pública, tasas de interés todavía altas, fuerte endeudamiento de los hogares y una discusión creciente sobre el tamaño del Estado y la sustentabilidad futura de sus programas sociales.

Durante la campaña, Lula volvió a apostar por subsidios, transferencias estatales, aumentos del salario mínimo y mayor intervención pública, mientras Bolsonaro propuso una agenda de reducción del gasto, seguridad y menor presión impositiva.

El contraste entre ambos proyectos quedó particularmente expuesto durante las últimas semanas, cuando el Gobierno del PT adelantó pagos del Bolsa Família y otros beneficios sociales en la antesala del balotaje, una decisión que la oposición cuestionó por su evidente impacto electoral.

Lula deberá además convivir con un Congreso donde amplios sectores no responden al oficialismo y negociar buena parte de sus reformas.

La victoria tampoco cambia la existencia de un país prácticamente dividido en dos mitades.

El resultado final le entrega a Lula la Presidencia, pero también deja al bolsonarismo con 48,24% del electorado, una base política enorme desde la cual disputar el rumbo del país.

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