A horas de las elecciones, Estados Unidos ataca objetivos iraníes en el Estrecho de Ormuz

Washington bombardeó infraestructura militar en el Golfo Pérsico horas antes de los comicios legislativos. Mientras los países árabes advierten sobre consecuencias inminentes, la presión diplomática busca evitar un conflicto a gran escala que amenace el comercio mundial y la estabilidad económica.

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El fantasma de un conflicto abierto en Medio Oriente volvió a sacudir el tablero geopolítico global. En las últimas horas, Estados Unidos ejecutó bombardeos tácticos contra objetivos militares iraníes en el estratégico Estrecho de Ormuz, una de las principales arterias del comercio energético mundial.

El operativo, catalogado por Washington como una acción «defensiva» y de alcance «limitado», tuvo lugar a escasas horas de que abrieran las urnas para las elecciones de mitad de mandato en territorio estadounidense. Los ataques se concentraron en la isla de Qeshm —la mayor del Golfo—, destruyendo sistemas de radares y lanzaderas de misiles que, según fuentes estadounidenses, habían sido utilizados contra sus posiciones en los días previos.

Por su parte, la Guardia Revolucionaria de Irán confirmó las explosiones y aseguró haber derribado tres drones de reconocimiento estadounidenses en la zona, marcando un peligroso aumento en el nivel de confrontación directa.

Presión económica y la amenaza nuclear

La Casa Blanca mantiene una estrategia dual frente al régimen de Teherán. Por un lado, el presidente Donald Trump advirtió sobre la capacidad estadounidense de atacar el complejo nuclear subterráneo del monte Pickaxe «tan pronto como queramos». Por el otro, dejó abierta la puerta a una salida negociada, apostando a que la asfixia financiera obligue a Irán a ceder.

De hecho, la recomendación de los servicios de inteligencia estadounidenses (CIA) apunta a sostener un escenario de «ni guerra ni acuerdo», permitiendo que la severa presión económica contra el régimen profundice el descontento social interno y fuerce concesiones sin necesidad de un despliegue bélico total.

Ante esto, Teherán redobló la apuesta. El Líder Supremo, Mojtaba Jamenei, y la cúpula militar iraní advirtieron que cualquier nueva agresión desencadenará represalias «más contundentes» y «sin límites geográficos», extendiendo la amenaza más allá de Asia Occidental.

Alerta máxima en el mundo árabe y riesgo para los mercados

La onda expansiva del conflicto ya encendió las alarmas en toda la región. Desde Emiratos Árabes Unidos instaron a sus países vecinos a estar «preparados para lo peor», temiendo que el bloqueo del Estrecho de Ormuz y los ataques cruzados paralicen las exportaciones de petróleo, lo que tendría un impacto devastador en los precios globales de la energía y en las cadenas de suministro.

La tensión también se trasladó a Arabia Saudí, que en las últimas horas interceptó un dron dirigido a la ciudad de La Meca. Aunque los rebeldes hutíes de Yemen —respaldados por Irán— negaron la autoría, Riad y otras capitales árabes advirtieron que responderán de forma conjunta ante cualquier sabotaje a sus infraestructuras.

Mientras los tambores de guerra resuenan en el Golfo, la diplomacia trabaja contrarreloj. Delegaciones de Qatar y Egipto ofician de mediadores urgentes en Teherán para lograr una desescalada. El objetivo de máxima es abrir una ventana de negociaciones que permita desbloquear activos, reabrir el paso en Ormuz y evitar que un error de cálculo arrastre al mundo a un nuevo colapso económico y militar.

Ignacio Weisser
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