La fatal arrogancia woke desnuda la verdadera cara del progresismo: antisemitismo, xenofobia, machismo y genocidio en nombre del anticapitalismo
La historia del conflicto entre el mundo islámico y el pueblo judío está plagada de masacres, pogromos y ataques terroristas contra Israel, justificados por fanatismo religioso y hoy blanqueados por el progresismo internacional. Desde los asesinatos en Hebrón en 1929 hasta la masacre del 7 de octubre de 2023, el patrón se repite: el odio antijudío disfrazado de “resistencia” y legitimado por sectores que, con doble vara, condenan el racismo en Occidente pero aplauden la xenofobia islámica contra Israel.
La relación entre el mundo islámico (particularmente los palestinos musulmanes) e Israel ha estado marcada por agresiones violentas desde mucho antes de la fundación del Estado judío en 1948. Sin embargo, en la narrativa del progresismo actual (que suele presentarse como defensor de derechos humanos, inmigración y minorías), prevalece un relato contradictorio: acusan a Israel de “ocupar” tierras y piden que los judíos se “vayan” de Medio Oriente, mientras simultáneamente promueven la inmigración irrestricta en Occidente. Es decir, para la corriente woke los inmigrantes africanos o musulmanes tendrían “derecho humano” a establecerse en Europa, pero niegan ese mismo derecho a los judíos de vivir en su patria ancestral. Esta doble vara revela una hipocresía y un sesgo preocupante, que muchos atribuyen a un nuevo antisemitismo encubierto de activismo político. De hecho, hoy día se escuchan en marchas “pro-Palestina” consignas como “From the river to the sea” (desde el río hasta el mar), un eufemismo que llama abiertamente a borrar a Israel del mapa. Tales cánticos –que equivalen a pedir la eliminación de un Estado entero por motivos étnicos/religiosos– son aplaudidos por sectores que se autodenominan “antifascistas”, sin notar la enorme contradicción: están pregonando justamente lo que haría un nazi.
Por otro lado, los movimientos “woke” y la izquierda occidental dicen defender causas como el feminismo y los derechos LGBT, pero cuando se trata de extremistas islámicos parecen mirar para otro lado. Hamas, el grupo islamista que gobierna Gaza, impone la sharía (ley islámica) y no tolera estilos de vida distintos al fundamentalismo religioso. En Gaza la homosexualidad se castiga con cárcel (y a veces peor), las mujeres viven bajo machismo teocrático (velo obligatorio, matrimonios forzados, violencia doméstica tolerada) y los disidentes son silenciados. Paradójicamente, activistas occidentales LGBT y feministas han marchado apoyando a regímenes islamistas que literalmente los ejecutarían en la calle por sus identidades. Como señala irónicamente una columnista: “tenés a militantes Pride y feministas occidentales solidarizándose con Hamas –un régimen que los apedrearía o colgaría de grúas–, mientras guardan silencio sobre el velo forzado, el matrimonio infantil o los asesinatos por honor bajo el gobierno islamista”. Esta ceguera selectiva ante los abusos islámicos contrasta con la ferocidad con que condenan cualquier medida israelí. El colmo de la hipocresía: el 7 de octubre de 2023 terroristas de Hamas violaron, mutilaron y quemaron vivas a mujeres israelíes, arrastraron adolescentes como trofeos y degollaron bebés en kibutzim (además de secuestrar abuelas sobrevivientes del Holocausto) – y el silencio de esos “paladines de los derechos humanos” fue ensordecedor. Pero si Israel desaloja a un okupa o derriba la casa de un terrorista, ahí sí estallan en furia tuitera. Queda claro que no se trata de justicia ni de derechos, sino de un odio visceral hacia el pueblo judío disfrazado de causa “progresista”. Los progres posmodernos han convertido a Hamas en su causa célebre, ignorando que Hamas en su propia ideología promueve una guerra santa exterminadora contra los judíos.
Para entender las raíces históricas de este conflicto y desmontar la narrativa de la “resistencia palestina oprimida”, es necesario repasar algunos hechos históricos clave – una larga serie de agresiones violentas perpetradas por árabes/musulmanes contra la población judía. Estos eventos preceden incluso a la creación del Estado de Israel, y demuestran que la hostilidad violenta no nació de la nada ni es mera respuesta a “ocupación” alguna, sino que muchas veces fue incitada por fanatismo religioso e intolerancia xenófoba hacia los judíos. Iremos desde el siglo XIX hasta el reciente ataque masivo de Hamas en 2023, describiendo cada episodio de derramamiento de sangre y poniendo en evidencia cómo muchos fueron justificados, minimizados o hasta celebrados por quienes hoy se dicen “anti-imperialistas” o “antirracistas”, cuando en realidad están avalando un racismo antijudío.
Los ataques históricos contra judíos en la Tierra de Israel
1851 – Asesinato del rabino Shlomo Zalman Zoref: En pleno siglo XIX, décadas antes del sionismo moderno, ya hubo judíos víctimas del terrorismo islamista. Un caso notable es el del Rab. Avraham Shlomo Zalman Zoref, pionero de la comunidad judía en Jerusalén. Zoref lideró la reconstrucción de la sinagoga Hurva (destruida por turbas musulmanas en 1720) tras obtener permiso del Imperio Otomano. Esto enfureció a fanáticos locales que lo veían como afrenta a la supremacía islámica (según la sharía, regía el “Pacto de Umar” que prohibía reparar templos no musulmanes). Tras intentos previos de asesinato, en 1851 una banda de árabes lo atacó con espadas camino a la oración matutina, hiriéndolo gravemente en la cabeza. Zoref agonizó durante meses hasta fallecer, convirtiéndose en el primer judío mártir del terror en la Palestina otomana, 46 años antes de que existiera el sionismo político. Su “pecado” había sido simplemente reconstruir un templo judío en Jerusalén, ciudad santa del judaísmo mucho antes del Islam. Este asesinato demuestra que la animadversión violenta hacia la presencia judía no nació de ninguna “ocupación israelí moderna”, sino que tiene raíces en la intolerancia religiosa: líderes musulmanes locales no toleraban la restauración de una sinagoga y preferían literalmente matar antes que permitir la libre práctica judía.
1920 – Batalla de Tel Hai: Con el colapso del Imperio Otomano tras la Primera Guerra Mundial, pequeñas comunidades judías en Galilea quedaron expuestas a la hostilidad de milicias árabes locales. El 1 de marzo de 1920, en la aldea agrícola Tel Hai (norte de la Galilea, zona entonces disputada entre Mandato Francés y Británico), unos 150-200 árabes armados asaltaron el poblado buscando supuestos soldados franceses. Los pocos defensores judíos, liderados por Joseph Trumpeldor (un veterano héroe judío de origen ruso), resistieron el ataque. El enfrentamiento dejó 8 judíos muertos –entre ellos Trumpeldor, quien murió por una herida de bala– y un número indeterminado de atacantes árabes abatidos. Este hecho, conocido como la batalla de Tel Hai, convirtió a Trumpeldor en mártir nacional (famoso por supuestamente decir “En beseder, tov lamut be’ad artzenu” – “No importa, es bueno morir por nuestra tierra”). Cabe destacar que Tel Hai fue atacada antes de la creación de Israel, en un contexto donde los judíos apenas tenían proto-milicias de autodefensa. La agresión en Tel Hai ilustró tempranamente que sectores nacionalistas árabes rechazaban de plano la presencia de aldeas judías, aun cuando éstas se establecían legalmente. En adelante, el lema “Tel Hai” se volvió sinónimo de resistencia judía ante ataques, preludiando el conflicto por venir.
1921 – Disturbios de Jaffa: Un año después, la tensión explotó en la ciudad portuaria de Jaffa. El 1° de mayo de 1921, tras un altercado entre facciones judías socialistas que marchaban en Jaffa, corrió el rumor de que “los judíos están atacando a árabes”. Esto desencadenó un pogromo árabe anti-judío: turbas locales se lanzaron a apuñalar y linchar judíos en las calles, incendiando casas y tiendas en barrios judíos. La violencia se extendió por días a zonas cercanas (Petaj Tikva, Rejovot). El resultado: al menos 47 judíos asesinados y 146 heridos, junto con unos 48 árabes muertos (en su mayoría a manos de la policía británica al reprimir). Entre las víctimas judías estuvo el reconocido escritor Yosef Haim Brenner. La Comisión Haycraft, nombrada por las autoridades británicas para investigar, concluyó que la causa subyacente de la masacre fue el fanatismo antisionista de los árabes, exacerbado por líderes como el mufti Haj Amin al-Husseini. De hecho, el mufti ya venía organizando fedayines (bandas armadas) para “terrorizar a los judíos” desde 1919, queriendo emular a los turcos expulsando griegos de Anatolia. En estos disturbios de 1921, se evidenció la dinámica que se repetiría: rumores infundados o provocaciones mínimas sirvieron de pretexto para matar judíos por odio étnico-religioso. Paradójicamente, los mismos sectores que hoy hablan de “colonialismo sionista” olvidan que en 1921 no existía Estado de Israel ni “ocupación”, y aun así decenas de judíos indefensos fueron masacrados simplemente por ser judíos viviendo en Tierra Santa.
1929 – Masacres de Hebrón, Safed y disturbios de agosto: el espiral de violencia siguió escalando. En agosto de 1929, incitada por falsos rumores de que “los judíos planean tomar la Mezquita de Al-Aqsa” en Jerusalén, ocurrió una serie coordinada de pogromos anti-judíos en varias localidades. La más atroz fue la Masacre de Hebrón (24 de agosto 1929): vecinos árabes, incitados por clérigos, se ensañaron contra la antigua comunidad judía de Hebrón –familias que llevaban siglos allí–. En un día de horror, descuartizaron, apuñalaron o golpearon hasta la muerte a 67 judíos, incluidos ancianos, mujeres y niños; muchas víctimas fueron torturadas bestialmente. Simultáneamente, en Safed ocurrió otra matanza con 18 judíos asesinados y decenas de heridos. En Jerusalén y otros sitios también hubo ataques. En total, 133 judíos fueron asesinados en la oleada de 1929. La policía británica reprimió causando la muerte de unos 110 árabes, pero ninguno de los perpetradores de las masacres fue debidamente castigado. Tras Hebrón 1929, la comunidad judía milenaria de esa ciudad quedó prácticamente aniquilada: los supervivientes tuvieron que huir. Es importante recalcar que estas masacres ocurrieron mucho antes del conflicto árabe-israelí moderno – Palestina estaba bajo dominio británico – y fueron motivadas por el fanatismo religioso (rumores sobre Al-Aqsa) y la negativa violenta a tolerar una presencia judía, por pequeña que fuera. El mufti Amin al-Husseini, autor intelectual de aquella incitación, luego se aliaría abiertamente con Hitler durante la Segunda Guerra Mundial, difundiendo propaganda radial para el mundo árabe con llamados a “matar a los judíos dondequiera que se encuentren”. La ideología islamista que veía al judío como “intruso pecador en tierra musulmana” ya estaba bien arraigada.
1936-1939 – La Gran Revuelta Árabe en Palestina: Entre 1936 y 1939, líderes nacionalistas árabes (nuevamente encabezados por el Mufti de Jerusalén) lanzaron una insurrección armada contra el Mandato Británico y contra la creciente comunidad judía (el Yishuv). Si bien esta revuelta tenía motivaciones nacionalistas (oposición al dominio británico y a la inmigración judía), en la práctica se manifestó mediante ataques terroristas indiscriminados contra civiles judíos, paralelos a guerrilla contra fuerzas británicas. Hubo huelgas, emboscadas y asesinatos casi diarios. Los números hablan por sí solos: en esos tres años, alrededor de 415 judíos fueron asesinados por acciones árabes (incluyendo bombas en mercados, tiroteos a automóviles, apuñalamientos, etc.). Por ejemplo, en abril de 1936 los árabes iniciaron la revuelta matando a dos judíos en Tulkarem; días después, milicias atacaron a colonos matando 9 judíos en Jaffa, y así se desató una cadena de violencia. Los británicos respondieron con mano dura, causando a su vez miles de bajas árabes y finalmente sofocando la rebelión. Sin embargo, un legado nefasto de la Revuelta del 36-39 fue la radicalización adicional de la postura árabe: el liderazgo palestino rechazó el plan británico de Partición de 1937 (que proponía dos estados), y los ataques habían demostrado a los judíos la necesidad imperiosa de dotarse de defensa armada propia (surgimiento de la Haganá). El patrón de violencia sectaria anti-judía quedó marcado: matar civiles judíos se había vuelto una táctica vista como legítima por los nacionalistas árabes. Cabe señalar que este periodo es idealizado por algunos como “revolución anticolonial”, pero en la práctica incluyó actos atroces: asesinato de familias judías enteras en sus casas, emboscadas a autobuses, bombas en barrios residenciales, etc. (algunos perpetrados por futuros líderes como Yasser Arafat, quien de joven habría participado en ataques durante la revuelta). La narrativa “progresista” actual suele ignorar que en esa revuelta del 36-39 los árabes ya cometían terrorismo, mucho antes de que existiera Israel, lo que refuta la simplista idea de que “la violencia palestina es una respuesta a la ocupación de 1967”. En realidad, la idea subyacente era –y sigue siendo para grupos como Hamas– impedir por la fuerza la presencia de cualquier entidad judía soberana en la región.
1948 – Guerra de Independencia de Israel: El 14 de mayo de 1948, los judíos declararon la independencia del Estado de Israel en la porción de territorio que les había asignado la ONU. Al día siguiente, cinco ejércitos árabes invasores (Egipto, Siria, Transjordania, Irak y Líbano) atacaron al nuevo país con la abierta intención de aniquilarlo. A la par, milicias árabes locales y voluntarios de la Yihad se unieron a la contienda. La guerra de 1948 fue existencial para Israel – que perdió cerca de 1% de su población en combates – pero aquí enfocaremos los actos de masacres deliberadas contra civiles judíos que ocurrieron en ese contexto. Uno de los más terribles fue la masacre de Kfar Etzion: el 13 de mayo de 1948, un día antes de la independencia, el kibutz Kfar Etzion (bloque de asentamientos al sur de Jerusalén) se rindió tras combates con la Legión Árabe de Transjordania y milicianos palestinos locales. A pesar de izar bandera blanca, los 127 defensores judíos (incluyendo hombres y mujeres jóvenes) fueron fusilados en masa tras rendirse. Solo 4 sobrevivientes quedaron para contar cómo, tras rendición, los árabes los agruparon y luego abrieron fuego indiscriminado, matándolos a sangre fría. Imágenes de británicos llegando al lugar mostraron cadáveres de hombres y mujeres por doquier. Este hecho traumático (reconocido por el propio mando jordano) evidenció la absoluta negación de piedad al enemigo judío. Hubo otros casos en 1948: por ejemplo, el convoy médico del Monte Scopus en abril 1948, donde árabes emboscaron un convoy de médicos y enfermeras que iba al hospital Hadassah en Jerusalén y asesinaron a 78 judíos (médicos, enfermeras, pacientes) quemándolos vivos en sus vehículos. Así mismo, decenas de aldeas judías capturadas por fuerzas árabes fueron arrasadas y sus habitantes expulsados si no muertos (los supervivientes de lugares como Atarot o Neve Yaakov en Cisjordania debieron huir). En suma, mientras los judíos también cometieron actos cuestionables en 1948 (hubo masacres como la de Deir Yassin, de ~100 árabes, que Israel posteriormente lamentó), la propaganda árabe pedía “echar a los judíos al mar”. Los progresistas actuales suelen pintar 1948 como “Nakba” (desastre palestino) culpando solo a Israel, pero olvidan que fue la parte árabe la que rechazó el plan de dos Estados y lanzó una guerra de exterminio. Los resultados demográficos (refugiados de ambos bandos) fueron consecuencia de esa decisión bélica. La consigna panárabe era clara: “matar o expulsar al judío intruso”. Tristemente, esta noción de que el judío no pertenece y debe ser eliminado refleja precisamente xenofobia pura, similar a la de fascistas europeos contra minorías.
1950s – Ataques de Fedayines palestinos: Tras 1948, cientos de miles de palestinos quedaron como refugiados en países vecinos. Desde esas bases (especialmente la Franja de Gaza bajo control egipcio y zonas de Cisjordania bajo Jordania), se formaron comandos de infiltración llamados fedayines (“el que se sacrifica” en árabe) que se dedicaron a cruzar la frontera para matar civiles israelíes y sabotear infraestructuras. Entre 1949 y 1956, los fedayines llevaron a cabo decenas de incursiones armadas: allanaban kibutzim para masacrar familias, ponían minas en caminos, atacaban vehículos civiles e incluso asesinaban campesinos o viajeros dentro de Israel. Por ejemplo, en marzo de 1954 un grupo fedayín emboscó un autobús en la carretera Ma’ale Akrabim, asesinando a 11 pasajeros –hombres, mujeres y niños– a sangre fría (algunos ejecutados a quemarropa). En total, a mediados de los 50 las bajas israelíes por este terrorismo transfronterizo se contaban en cientos: estimaciones hablan de 400 a 1.000 israelíes (civiles y soldados) asesinados entre 1951-1955. Esta campaña llevó a Israel a realizar operaciones de represalia contra bases fedayines en Gaza y Cisjordania, escalando tensiones que desembocaron finalmente en la crisis de Suez (1956). No obstante, aquí interesa subrayar: mucho antes de la ocupación de Cisjordania en 1967, ya grupos palestinos practicaban el terrorismo sistemático contra civiles judíos. ¿Su objetivo? Sembrar terror y, en palabras de sus propios líderes, “hacer insostenible la vida en el Estado judío”. Es decir, no buscaban “liberar territorios de 1967” (esos aún no estaban ocupados) sino atacar el corazón de Israel dentro de las fronteras de 1948. Esto contradice la narrativa “progre” que suele legitimar a los fedayines como “resistencia”. En realidad, eran comandos asesinos anti-inmigrantes: en vez de aceptar a los judíos como nuevos vecinos en Oriente Medio (como los progres exigen que Europa acepte inmigrantes), optaron por intentarlos expulsar o exterminar. ¿Cómo se llamaría esto sino xenofobia violenta? Los mismos que hoy justifican esos ataques, ¿justificarían que europeos nativos maten inmigrantes musulmanes porque “no pertenecen”? Claramente sería racismo atroz. Entonces, ¿por qué cuando las víctimas son judíos, ciertos “antirracistas” hacen piruetas morales para excusar a sus verdugos? La única respuesta es: prejuicio antijudío profundamente arraigado.
1969 – Atentados con bomba en Jerusalén: Los años 60 vieron el surgimiento de grupos terroristas palestinos con ideologías mezcla de nacionalismo y marxismo (ej. el FPLP – Frente Popular para la Liberación de Palestina). Estas facciones inauguraron la era de los atentados espectaculares: secuestro de aviones, masacres internacionales y bombas indiscriminadas. Un caso temprano fue el atentado al supermercado Supersol de Jerusalén el 21 de febrero de 1969. Militantes del FPLP colocaron una bomba en un concurrido supermercado; la explosión mató a 2 jóvenes estudiantes (21 y 22 años) e hirió a 9 clientes. Una segunda bomba fue hallada y desactivada a tiempo, evitando más muertes. Días después, la misma célula terrorista puso un explosivo en la cafetería de la Universidad Hebrea y otro en la Consulado Británico en Jerusalén (en este último no hubo heridos). Una de las perpetradoras, Rasmea Odeh, fue capturada y confesó su autoría; años más tarde, increíblemente, se convertiría en activista “pro derechos de los palestinos” en EE.UU., ocultando su pasado terrorista (la similitud con el gobierno kirchnerista que llenó de terroristas montoneros el gobierno no es mera casualidad). Estos atentados de 1969 marcan el inicio de una campaña de terror global: los grupos palestinos vieron que podían atraer atención mundial matando civiles inocentes aleatoriamente (método usado hace solo meses por los narcos rosarinos). Notemos el cinismo: escogieron un supermercado como blanco – gente común haciendo las compras – para sembrar terror entre la población civil. Pocas causas hay más injustificables que hacer estallar bombas en mercados; sin embargo, incluso estos actos fueron justificados por algunos izquierdistas internacionales de la época bajo la retórica de “lucha antiimperialista”. Hasta el día de hoy, hay quienes relativizan esos atentados diciendo que “eran contra la ocupación”. ¿En serio? ¿Qué ocupación había en Jerusalén Oeste en 1969? Ninguna – de hecho, Jerusalén Este (árabe) estaba en manos de Israel solo desde 1967, y los terroristas pusieron la bomba en zona judía. La verdad es que, para el FPLP y similares, todo Israel era objetivo legítimo y cualquier judío –ya sea ama de casa en un súper o estudiante universitario– merecía morir por el “delito” de ser israelí. Hablamos de una mentalidad de odio étnico puro, asimilable al supremacismo. Pese a ello, la izquierda radical de entonces (y la progresista actual) tiende a romantizar a estos grupos, mostrando un sesgo escalofriante: para ellos, matar civiles está mal… salvo cuando los muertos son judíos, en cuyo caso “se entiende por el contexto”. Esta indulgencia moral selectiva es otra cara del antisemitismo.
1972 – Masacre del Aeropuerto de Lod: Un hecho que sacudió al mundo fue la matanza en el aeropuerto internacional de Lod (Tel Aviv), ocurrida el 30 de mayo de 1972. La masacre tuvo un tinte internacional insólito: tres terroristas japoneses de la Armada Roja Japonesa, reclutados por el FPLP, desembarcaron de un vuelo en Lod y de sus valijas extrajeron rifles y granadas, abriendo fuego contra todos los presentes en la sala de equipajes. Fue una carnicería: 26 personas murieron y cerca de 80 resultaron heridas. Entre los asesinados había 17 peregrinos cristianos de Puerto Rico que acababan de llegar de visita, 1 ciudadano canadiense, y 8 israelíes (incluido un reconocido científico). Los terroristas no distinguieron nacionalidad o religión; su objetivo era matar indiscriminadamente en símbolo del país judío. Dos de los japoneses atacantes murieron (uno por error de su propia granada y otro abatido por seguridad); el tercero, Kozo Okamoto, sobrevivió y declaró que había venido a morir por la causa palestina. Este ataque estremecedor, conocido como Masacre de Lod, llevó a Israel a reestructurar completamente la seguridad aeroportuaria (hoy Ben Gurión es de los aeropuertos más seguros del mundo). ¿Y qué motivó semejante atrocidad? Según explicó luego el líder del FPLP, Wadí Haddad, buscaban la máxima repercusión: si terroristas árabes pasaban con armas quizá los detectarían, pero usar jóvenes japoneses despistó a la seguridad. Los extremistas palestinos mostraron así que estaban dispuestos a aliarse con grupos terroristas de cualquier parte (incluso ideológicamente disímiles) con tal de matar judíos. La masacre de Lod también nos recuerda que no solo israelíes han sido víctimas: el terrorismo palestino cobró vidas latinoamericanas, europeas, asiáticas… Sin embargo, cierto “progresismo” sigue mirando con romanticismo al FPLP (quizá porque se auto-denominaba marxista). No deja de ser perverso: los mismos que dicen luchar contra el racismo en sus países, encontraron excusas para una matanza de inocentes en un aeropuerto. Un doble estándar moral total.

1972 – Masacre de los Juegos Olímpicos de Múnich: Unos meses después, el 5 de septiembre de 1972, ocurrió otro episodio tristemente célebre: la toma de rehenes y asesinato de 11 deportistas israelíes en las Olimpiadas de Múnich, a manos del grupo terrorista palestino Septiembre Negro. Durante los Juegos olímpicos, en plena Villa Olímpica, 8 terroristas palestinos sorprendentemente lograron infiltrarse, asesinaron a 2 miembros del equipo israelí y secuestraron a otros 9, demandando la liberación de presos terroristas en Israel. La crisis terminó en desastre cuando, durante un caótico intento de rescate por la policía alemana en el aeropuerto, los terroristas ejecutaron a los 9 rehenes restantes con granadas y ráfagas. En total, 11 israelíes (atletas y entrenadores) fueron asesinados, junto a un policía alemán. Este atentado –perpetrado frente a las cámaras del mundo– conmocionó a la opinión pública global, supuestamente ajena al conflicto. Pero no nos equivoquemos: incluso entonces hubo sectores extremos que justificaron o minimizaron lo ocurrido, presentando a los terroristas como “luchadores de la libertad” y a los atletas muertos como “representantes del Estado sionista opresor”. El grupo Septiembre Negro era en realidad una célula ligada a la OLP de Arafat, y se nombró así en “venganza” por una represión de Jordania contra palestinos. Nada tenía que ver con Alemania o con los atletas inocentes que fueron masacrados fuera de su patria. ¿Qué demuestra Múnich 72? Que el terrorismo palestino traspasó todas las fronteras éticas: violó la premisa olímpica de paz, llevó una causa política con violencia al escenario deportivo internacional y no dudó en asesinar jóvenes cuyo único “crimen” era ser israelíes y judíos. Irónicamente, hoy se ve a algunos manifestantes pro-palestinos en Europa y EE.UU. venerar a estos terroristas históricos, portando sus fotos o llamándolos mártires. Son los mismos círculos que claman contra “Estados represores” pero celebran el secuestro y asesinato de civiles desarmados. Cabe preguntarse: si mañana activistas neonazis asesinaran atletas africanos o árabes en unos Juegos para protestar contra algo, ¿habría alguien de izquierda aplaudiendo? Seguramente no. ¿Por qué entonces se aplaudió cuando las víctimas fueron israelíes judíos? Porque lamentablemente, para muchos el judío sigue siendo el chivo expiatorio universal, cuyo asesinato puede relativizarse. Aquel ataque ocurrió en suelo alemán, 27 años después del Holocausto, casi como macabra postdata de que la sombra del odio antisemita seguía viva con otro ropaje. Israel respondió con la famosa operación “Cólera de Dios” persiguiendo a los responsables por el mundo, lo cual también fue criticado por los de siempre… ¡Incluso les molesta que las víctimas busquen justicia! En fin, Múnich 1972 es un recordatorio indeleble de hasta dónde llega el terrorismo palestino y de la hipocresía global que le ha dado oxígeno.

1974 – Masacre de Ma’alot (terror contra niños): Si Múnich estremeció al mundo, lo que sucedió en Ma’alot, Israel, en mayo de 1974 fue de una crueldad quizá mayor aún, aunque recibió menos atención global. Tres terroristas del FPLP infiltrados desde el Líbano tomaron una escuela secundaria llena de alumnos adolescentes que estaban de excursión. Tras horas de toma de rehenes, las fuerzas israelíes intentaron un rescate cuando los terroristas amenazaban con matar a los chicos. Entonces los secuestradores abrieron fuego y lanzaron granadas directamente contra los alumnos cautivos. El resultado fue espeluznante: 25 rehenes asesinados, de los cuales 22 eran niños de 14 a 16 años; además unos 68 heridos. La tragedia dejó a Israel de luto y en shock: ¿cómo era posible tal barbarie contra niños? Pero para los terroristas no eran niños: “Pronto iban a ser soldados, teníamos que pararlos ahora” respondió fríamente uno de ellos a los aterrados chicos que les suplicaban Es decir, para esta ideología fanática, cada niño judío es un enemigo en potencia al que “hay que eliminar” antes de que crezca. Esto es escalofriantemente similar a la retórica nazi (que también veía a los niños judíos como “semilla de serpientes” a destruir). De hecho, Golda Meir, entonces primera ministra, tras la masacre de Ma’alot declaró: “Estos terroristas mostraron al mundo su verdadera cara al asesinar niños. Terrorismo así no debilitará nuestro espíritu, solo reafirma por qué debemos vencerlo”. Pese a la unanimidad de condena que generó este ataque en su momento, hoy casi no se lo menciona en las narrativas pro-palestinas. Difícil justificar el asesinato de escolares a sangre fría, así que optan por el olvido. Pero no debemos olvidar: Ma’alot evidenció que la “causa palestina” en manos de grupos extremistas llegaba al genocidio infanticida. Y aunque duela decirlo, hubo sí algún nivel de justificación tácita en la izquierda de la época: países como la URSS bloquearon en la ONU toda condena explícita al FPLP, y ciertos intelectuales franceses insinuaron que la culpa era de Israel por no ceder a las demandas de los secuestradores. Es la misma lógica perversa que hoy muchos aplican al caso de Gaza: “si Hamas masacra niños israelíes, es culpa de Israel por lo que sea”. ¡Imaginemos decir algo así de cualquier otro conflicto! Es escalofriante cómo el antisemitismo contamina la moral: matar niños está mal, excepto si son del pueblo judío odiado; en ese caso se buscan excusas.

1978 – Masacre de la Ruta Costera (autopista Tel Aviv-Haifa): Este fue durante décadas el ataque terrorista más sangriento en suelo israelí. El 11 de marzo de 1978, un comando de 11 terroristas de Fatah (organización de Yasser Arafat) desembarcó en la costa cercana a Haifa en lanchas desde el Líbano. Primero tomaron un taxi por la fuerza, asesinando a sus ocupantes, luego secuestraron dos autobuses repletos de pasajeros en la autopista Coastal Road rumbo a Tel Aviv. Disparando y lanzando granadas dentro de los buses en marcha, los terroristas causaron una carnicería. Finalmente, en un enfrentamiento con fuerzas de seguridad cerca de Tel Aviv, los terroristas hicieron estallar uno de los buses lleno de rehenes. El saldo fue 38 civiles israelíes masacrados (incluyendo 13 niños) y unos 71 heridos. Nueve de los terroristas murieron en la acción y dos sobrevivieron para ser juzgados (liberados años después en un intercambio). Esta atrocidad –conocida como la Masacre de la carretera costera– causó tal impacto que precipitaría la Operación Litani: Israel invadió el sur del Líbano poco después para intentar eliminar las bases de la OLP allí. Pero más allá de la respuesta militar, analicemos el espíritu del ataque: los perpetradores lo llamaron “Operación Kamal Adwan” (en honor a un cabecilla de la OLP muerto en 1973) y Arafat lo celebró públicamente. ¿El objetivo? Según documentos capturados luego, buscaban sabotear las entonces incipientes negociaciones de paz entre Egipto e Israel. Es decir, preferían hacer estallar niños en un bus antes que permitir un acercamiento que dejara a la OLP sin apoyo árabe. Aquí se ve la constante: para el liderazgo palestino radical, matar civiles israelíes es una herramienta política válida – sea para “llamar la atención” del mundo, para “vengar” agravios o para torpedear la paz misma. No importa la causa, siempre encuentran justificación para el terrorismo. Y lo más triste: muchos en el mundo compraron o relativizaron esas justificaciones. La prensa internacional describió el hecho con eufemismos como “incidente dramático” sin enfatizar la barbarie de disparar a bebés y niños en un bus turístico. Arafat jamás fue realmente censurado por esto; al contrario, cuatro años después era recibido con honores en la ONU con su oliva de paz en una mano (y la pistola metafórica en la otra). La masacre de 1978 fue por décadas la peor en Israel hasta 2023, y los mismos grupos woke que hoy gritan contra Israel por sus operativos en Gaza, raramente mencionan o quizás ni conocen esta matanza. Es un olvido intencional: recordar las víctimas judías no encaja en su discurso maniqueo donde solo los palestinos sufren. Pero la realidad implacable es que Israel ha sufrido muchísimo terrorismo mortal, y cada evento como este dejó huellas profundas en su sociedad, explicando por qué los israelíes desconfían de las buenas intenciones de organizaciones palestinas armadas.

1985 – Masacre del yate en Larnaca, Chipre: El terrorismo palestino no se restringió al territorio de Israel. En septiembre de 1985, un comando de tres terroristas de la OLP (de la fuerza elite Force 17 de Arafat) atacó en el puerto de Larnaca (Chipre) un yate con turistas israelíes que allí se encontraba. Los hombres armados, gritando consignas pro-Palestina, tomaron a los tripulantes como rehenes. Tras un largo standoff con la policía chipriota, los terroristas asesinaron a los tres civiles israelíes (una mujer y dos hombres) que estaban a bordo, disparándoles a quemarropa. Luego se rindieron. Este hecho, conocido como los asesinatos del yate de Larnaca, tuvo repercusiones geopolíticas: fue el detonante que llevó a Israel a realizar semanas después el bombardeo de la sede de la OLP en Túnez (Operación Pierna de Madera, octubre 1985), dado que la OLP orquestó el atentado en Chipre. El presidente de EE.UU. Ronald Reagan incluso defendió el derecho de Israel a represalias ante este ataque vil. Pero de nuevo veamos la situación: terroristas palestinos actuando en un país tercero neutral (Chipre) para matar judíos inocentes en un barco. ¿Qué tenían que ver esos turistas con ningún conflicto militar? Absolutamente nada. Eran asesinados por su nacionalidad. Si eso no es xenofobia/odio étnico, ¿qué es? Los terroristas ni siquiera pretendieron que “combatían soldados”; era abiertamente violencia contra civiles en la diáspora. Tristemente, este episodio es poco recordado, pero ilustra que ningún judío estaba a salvo de ser objetivo, ni siquiera vacacionando en el Mediterráneo. Para Arafat y compañía, su guerra contra Israel podía y debía librarse globalmente. Y otra vez: ¿cómo reaccionó el mundo? Chipre encarceló a los terroristas pero luego los extraditó a Yaser Arafat, quien los recibió como héroes. ¡Héroes por matar turistas en Yom Kipur! Si eso no revela complicidad internacional… Esos terroristas prácticamente salieron impunes. El doble estándar era flagrante: imaginen terroristas israelíes matando árabes en Europa, ¿los hubieran dejado en manos de Israel para posiblemente liberarlos luego? Jamás. Pero con la OLP sí ocurrió. Esta indulgencia exterior fortaleció la impunidad terrorista. Y los progresistas de entonces (y de hoy) difícilmente mencionan Larnaca 85, porque no hay manera de meterlo en la narrativa de “ocupación”: eran israelíes en el extranjero. Entonces, lo barren bajo la alfombra, confirmando que su pretendida moral es pura conveniencia.
1987-1993 – Primera Intifada (y primer hombre-bomba palestino): En diciembre de 1987 estalló en Gaza y Cisjordania la Primera Intifada, un levantamiento popular palestino contra la ocupación israelí de esos territorios (ocupados desde la Guerra de los Seis Días, 1967). La imagen más icónica de la intifada fue la de jóvenes arrojando piedras contra tanques. Y ciertamente hubo protestas masivas, huelgas, disturbios. Pero también hubo un lado oscuro que a veces se olvida: durante la intifada se cometieron numerosos ataques violentos contra civiles israelíes. Se calcula que más de 100 israelíes (entre civiles y soldados) fueron asesinados por palestinos durante esos años. A veces con cócteles molotov a vehículos, linchamientos a personas que se perdían con su auto en zonas árabes, apuñalamientos en ciudades israelíes, e incluso disparos y emboscadas. Uno de los incidentes más impactantes fue el atentado del bus 405: el 6 de julio de 1989, un miembro de la Jihad Islámica Palestina llamado Abd al-Hadi Ghanim se subió al autobús interurbano 405 que iba de Tel Aviv a Jerusalén y, de repente, agarró el volante y lo precipitó por un barranco cerca de Kiryat Yearim. El ómnibus repleto cayó, se incendió y murieron 16 civiles (entre ellos dos turistas canadienses y uno estadounidense), quedando 27 heridos. El atacante sobrevivió (fue detenido) y es considerado el primer atentado suicida palestino, aunque técnicamente él no murió. El hecho llenó de terror a la sociedad: hasta tomar un bus se volvió fuente de miedo. Mientras, la OLP y grupos islamistas empezaban a glorificar la “muerte como mártir”. Además de las víctimas israelíes de la represión (unos mil palestinos murieron en choques con el ejército), la Intifada tuvo también una cruenta purga interna: más de 300 palestinos fueron asesinados por otros palestinos acusados de “colaboracionismo” (muchas veces ajusticiados sin pruebas). Pero volviendo al tema central, el mensaje estratégico de la Intifada para los palestinos fue: “forzaremos a Israel a ceder con una combinación de presión civil y terror”. Y para el mundo progresista, la Intifada se romantizó como “rebelión juvenil contra la opresión”. Hasta cierto punto es entendible empatizar con un pueblo que busca autodeterminación. Lo inaceptable es justificar los asesinatos de civiles fuera de los territorios disputados: por ejemplo, en mayo de 1992, miembros de Hamas irrumpieron en la casa de una familia israelí (los Haran) en Bat Yam y apuñalaron hasta la muerte a una madre embarazada y sus tres hijos pequeños. ¿Eso qué tenía que ver con “resistir ocupación”? Nada. Era puro odio anti-judío. Sin embargo, muchos en la izquierda global seguían repitiendo eslóganes de “la Intifada es la voz de los oprimidos”. Nuevamente: parece que si las víctimas son israelíes, algunos pierden la brújula moral. La 1ª Intifada acabó con los Acuerdos de Oslo en 1993, con la esperanza de paz… pero en los años siguientes veríamos algo aún más terrible.

2000-2005 – Segunda Intifada (la ola de los suicidas bomba): Tras el fracaso de las negociaciones de paz de Camp David en 2000, estalló un segundo levantamiento palestino mucho más sangriento que el primero. La Segunda Intifada (o Intifada de Al-Aqsa) estuvo marcada por un recurso aterrador: los ataques suicidas con bombas contra blancos civiles masivos. Hamas, la Jihad Islámica y las Brigadas de Al-Aqsa de Fatah compitieron en enviar jóvenes con cinturones explosivos a reventarse en pizzerías, discotecas, autobuses, centros comerciales, universidades… cualquier lugar concurrido en Israel. El saldo fue catastrófico: en unos pocos años, más de 1.000 israelíes fueron asesinados en atentados terroristas (aprox. 78% de ellos civiles), mientras morían unos 3.000 palestinos (en su mayoría en enfrentamientos armados con Israel). Prácticamente no hubo familia israelí sin duelo. Algunos atentados tristemente famosos: la Masacre de la pizzería Sbarro (agosto 2001, un suicida de Hamas se voló en una pizzería de Jerusalén matando a 15 personas, entre ellos 7 niños y una mujer embarazada); el ataque a la discoteca Dolphinarium (junio 2001, 21 jóvenes asesinados por un suicida en una fiesta de adolescentes en Tel Aviv); la Masacre del hotel Park de Netanya en la Pascua de 2002 (un suicida de Hamas se hizo explotar en un salón durante la cena del seder, asesinando a 30 ancianos en su mayoría) – ese atentado fue la gota que colmó el vaso y llevó a Israel a lanzar la Operación Escudo Defensivo en Cisjordania. Hubo decenas de casos más: autobuses volados en Haifa y Jerusalén con docenas de víctimas, cafés reventados, incluso un terrorista que se disfrazó de judío ortodoxo para entrar en una cena de Pascua en un kibutz y mató a tiros a 5 personas incluyendo un bebé. La crueldad no tuvo límites. Los atacantes suicidas se entrenaban con vídeos, despedidas “heroicas” y promesas de 72 vírgenes en el cielo. Y la sociedad palestina –lamentablemente– en buena parte los aclamaba como mártires. Recordemos que durante estos años Hamas y Fatah incluso enseñaban en sus programas infantiles de TV que “convertirse en bomba humana contra los judíos es lo más glorioso”. Fue un periodo oscuro. Israel, por supuesto, se defendió: incursionó militarmente en ciudades palestinas para desmantelar redes terroristas, e inició la construcción de la barrera de separación en Cisjordania (que luego redujo drásticamente los atentados suicidas). Desde el prisma actual, es increíble la desfachatez con que los progresistas condenan el muro israelí tachándolo de “apartheid”, cuando dicho muro literalmente salvó miles de vidas al frenar el paso de terroristas. ¿Qué proponían, dejar entrar kamikazes libremente? Al parecer sí: recordemos que muchos de esos bombazos ocurrieron dentro del Israel previo a 1967, o sea, no eran “territorios ocupados” sino ciudades como Tel Aviv, Haifa, etc. Con lo cual, los grupos terroristas mostraron claramente que su lucha no era solo por Cisjordania/Gaza, sino contra la existencia de Israel mismo. Un dato: en 2002 se interceptó el buque Karine A cargado de armas iraníes para la Autoridad Palestina – muestra de que la AP de Arafat también estaba involucrada en fomentar la violencia y rearmarse. En fin, la Segunda Intifada traumatizó a Israel de una forma indeleble. Imagínense 5 años donde cada vez que uno subía a un bus o entraba a un restaurante, había un miedo real de que explotara alguien al lado. El país chiquito, la gente seguía yendo a trabajar pero con el corazón en un puño. Y ahora pensemos: en esos años terribles, ¿dónde estaba la “solidaridad” internacional con los israelíes masacrados? No existía. Al contrario, en campus universitarios de Occidente abundaban voces justificando: “Los palestinos están desesperados, no tienen aviones, por eso usan sus cuerpos como bombas”. Intelectuales pseudo-progres salían con teorías de que la culpa era de la “ocupación” y casi exculpaban a los suicidas, llamándolos “activistas”. De hecho, la ONU jamás condenó explícitamente la campaña de atentados suicidas; en cambio sí hizo decenas de resoluciones contra las medidas israelíes. Esta ceguera moral selectiva es exactamente lo que denunciamos: frente a cualquier otro fenómeno de ataques suicidas (imaginen Al Qaeda) todos concuerdan que es barbarie. Pero si los blancos son judíos israelíes, de pronto aparece el “depende” y la comprensión indecente. Los mismos que claman que “Black Lives Matter”, parecían decir “Israeli Lives Don’t Matter”. Con todo, Israel logró reprimir la Intifada para 2005 y se retiró unilateralmente de Gaza ese mismo año –un paso por la paz que, tristemente, no fue apreciado sino explotado por Hamas para preparar la siguiente ronda de violencia.

7 de octubre de 2023 – Ataque de Hamas desde Gaza (la masacre del festival de música y kibutzim): Llegamos así al evento más reciente y brutal, que a la vez ha desnudado por completo la hipocresía del progresismo actual. El 7/10/2023, la organización islamista Hamas (que gobierna Gaza) lanzó un ataque sorpresa de proporciones inéditas contra Israel. Miles de terroristas atravesaron la frontera, arrasando comunidades civiles en el sur de Israel en una orgía de violencia indescriptible. En pocas horas, se perpetraron matanzas casa por casa en más de 20 localidades: kibutzim enteros fueron diezmados, familias quemadas vivas dentro de sus hogares, personas acribilladas mientras huían. En el festival de música Nova (cerca de Re’im) unos paracaidistas de Hamas cercaron a miles de jóvenes que acampaban y los cazaron uno por uno: al menos 364 chicos fueron fusilados o rematados a quemarropa en ese solo evento. En Kfar Aza, Be’eri, Nir Oz y otros kibutzim, docenas de civiles –hombres, mujeres, ancianos y niños– fueron torturados y ejecutados, algunos decapitados, otros atados y incendiados. El saldo global: alrededor de 1.200 a 1.300 israelíes asesinados en un solo día (la cifra exacta varía según fuentes, ~1.195 confirmados), de los cuales la enorme mayoría eran civiles (bebés, niños, jóvenes, adultos desarmados) masacrados a sangre fría. Además, alrededor de 250 personas fueron tomadas como rehenes y llevadas a Gaza – incluyendo bebés, chicos, abuelas de 85 años, hasta sobrevivientes del Holocausto. Estos rehenes luego serían exhibidos como trofeos; Hamas subió videos donde se ve a ancianas secuestradas siendo ultrajadas, y a jóvenes mujeres visiblemente violadas y agonizantes siendo arrastradas. Hubo múltiples casos de violaciones y agresiones sexuales durante el ataque (como confirmó la enviada de la ONU Pramila Patten), aunque Hamas cínicamente lo niega. La crueldad llegó al punto de que obligaron a algunos cautivos a cavar su propia tumba ante la cámara: por ejemplo, el joven Evyatar David, secuestrado del festival, fue filmado esquelético, hambriento, cavando lo que describió como “mi propia tumba” en un túnel de Gaza, mientras Hamas lo usa de propaganda macabra. Imágenes así recuerdan las peores atrocidades de la Segunda Guerra Mundial. Nunca en su historia Israel había sufrido un golpe tan letal en un solo día (ni siquiera en guerras convencionales). Este ataque de Hamas del 7-O fue claramente un intento de pogromo/holocausto a pequeña escala: buscaron matar a cuantos judíos posibles cara a cara. ¿Y cómo reaccionó la izquierda “progresista” internacional? Aquí es donde la máscara cayó: en vez de una condena unánime al terrorismo, miles salieron a marchar… en apoyo de Palestina. Sí, tal cual. El mismo día de la masacre, en ciudades occidentales hubo celebraciones y discursos justificando a Hamas, llamando “resistencia legítima” a lo ocurrido. Activistas woke tuvieron el descaro de decir que se trataba de “legítima respuesta a la ocupación” – como si violar y decapitar niños tuviera justificación alguna. Universitarios en Harvard sacaron una carta responsabilizando ¡a Israel mismo! por la matanza de sus ciudadanos. Dirigentes de Black Lives Matter postearon imágenes de parapentes (alusión a los terroristas que cayeron en el festival) alabando la “resistencia”. En manifestaciones de Londres, Sydney, Nueva York y otros lugares se vieron multitudes vitoreando a Hamas, coreando “gas the Jews” (gas a los judíos) en algunos casos, o el clásico “from the river to the sea”. Es decir: pidiendo abiertamente la eliminación de Israel, justo mientras Hamas acababa de ejecutar esa idea en acto con 1.300 personas. La hipocresía y vileza moral alcanzó su cenit: estos supuestos “antifascistas” repetían consignas literalmente genocidas contra los judíos. Se convirtieron en aquello que juraban odiar. Como resumió un comentarista, “los autoproclamados justicieros sociales cambiaron a Gandhi por Hamas, a Martin Luther King por graffitis de ‘Free Palestine’, traicionando toda coherencia moral”. Porque no nos engañemos: pedir la desaparición de Israel es pedir la limpieza étnica de millones de judíos, ni más ni menos. Es el leitmotiv de Hamas desde su carta fundacional de 1988, donde citan el hadiz que ordena a los musulmanes matar judíos hasta el Día del Juicio. Hamas pregona abiertamente en su ideología que “Israel existirá hasta que el Islam la destruya” y que “cada judío debe ser eliminado”avalon.law.yale.edu. Esto es xenofobia y odio religioso genocida en estado puro – no tiene nada que ver con derechos territoriales ni con justicia social. Hamas no oculta que su lucha es santa (y antisemita) y que no acepta “otra forma de ver la vida” que no sea la sharíaavalon.law.yale.eduavalon.law.yale.edu. Eliminar de mi tierra al que considero extranjero por su fe o etnia es la definición misma de fascismo xenófobo. Y sin embargo, los progresistas actuales defienden ese argumento cuando se trata de los judíos en Israel, contradiciendo completamente su supuesta ideología pro-inmigrante y antirracista. Es un giro orwelliano: la izquierda que dice combatir el fascismo, termina haciendo eco de las consignas nazis (“Juden raus” – judíos fuera). Tras el 7-O, en vez de empatía con Israel, los “woke” pidieron “alto el fuego” inmediato, culpando a Israel por responder. O directamente clamaron “eliminar el apartheid israelí” – en otras palabras, celebraron la intención de Hamas de borrar a Israel del mapa. Ver esto produce indignación y tristeza: la misma receta antisemita de los años 30, reciclada en bocas que se creen progresistas. Hoy se puede afirmar que cierto progresismo se ha convertido en el nuevo nazismo – quizás sin esvásticas, pero con el mismo odio irracional hacia los judíos, disfrazado de causa noble.

La hipocresía progresista al desnudo
A la luz de todos estos eventos históricos, es claro que Israel ha enfrentado agresiones violentas constantes, motivadas más por odio étnico-religioso que por legítimas aspiraciones políticas. La narrativa de que “los palestinos solo luchan contra la ocupación” se desmorona cuando revisamos masacres como Hebrón 1929 (cuando no había Estado de Israel aún), ataques como Lod 1972 o Ma’alot 1974 (que no tenían relación con territorios ocupados) o el asesinato de civiles en 2023 (que no fue en Cisjordania sino dentro de Israel). Lo que subyace es la ideología de que el judío no pertenece al Medio Oriente y debe ser expulsado o exterminado. Eso es xenofobia supremacista, análoga a cualquier racismo. Lo incoherente es que esa misma postura (echar a un pueblo de “mi tierra”) es aplaudida por quienes en otros contextos condenan el racismo. Imaginen a europeos diciendo “los inmigrantes musulmanes no pertenecen, que se vayan”; los progres les dirían fascistas. Pero cuando Hamas o el Mufti dicen “los judíos no pertenecen a Palestina, que se vayan o los matamos”, esos mismos progres lo ven legítimo. Estamos ante una doble moral repugnante que solo se explica por prejuicio. De hecho, gran parte de la izquierda internacional odia a Israel también por ser un país exitoso económica y militarmente en medio Oriente; no soportan que un país judío haya prosperado donde los experimentos socialistas árabes fracasaron. Por eso demonizan su desarrollo como “privilegio colonial” y abrazan la causa palestina como la de “pobres oprimidos”. En el fondo yace el mismo resentimiento de siempre al éxito judío – sea en negocios, ciencia o construir un Estado. Hoy vemos a estos progresistas en Occidente difundiendo teorías conspirativas (que Israel es “colonial”, que controla gobiernos, etc.) que son recalcos de libelos antisemitas clásicos, solo que cambiando algunas palabras.
En conclusión, la historia real muestra que la violencia en esta región no es un cuento de blanco y negro donde Israel es “malo opresor” y Palestina “víctima inocente”. Ha habido ofensivas, masacres y terrorismo despiadado impulsados por el lado árabe/islámico mucho antes y después de 1967. Israel, como cualquier nación, ha cometido errores y excesos, pero ninguno equivalentes a masacrar niños deliberadamente. Pese a ello, la izquierda “woke” global ha caído en una posición insostenible: por odio a Israel (y al occidente democrático que representa), justifican o minimizan crímenes que repugnan a la conciencia. Su discurso supuestamente “antifascista” se vacía de contenido cuando piden eliminar Israel del mapa, replicando la letanía nazi de aniquilar judíos, pero creyéndose virtuosos por hacerlo. Esta es quizás una de las mayores hipocresías morales de nuestro tiempo. Quienes de verdad defienden los derechos humanos universales deben rechazar esa doble vara. No se puede clamar “Ni Una Menos” y luego apoyar a quienes violan y someten mujeres en nombre de Alá; no se puede gritar “No al racismo” y luego vitorear a terroristas que degüellan familias por ser de otra etnia. Lamentablemente, los “progres” radicales de hoy han perdido esa brújula ética. Se han envuelto en un orgullo performativo, un “morality cosplay” donde Hamas es su Che Guevara y la verdad no importa. Pero los hechos son tozudos: Hamas es un grupo yihadista genocida, y avalarlo (explícita o tácitamente) es avalar el genocidio.
Israel tiene derecho a existir y a defender a su gente, tanto como cualquier otro país – ni más ni menos. Y los judíos tienen tanto derecho a vivir en Medio Oriente como los árabes en Europa, así de simple. Negar eso es racismo. Punto. La próxima vez que algún militante “progre” repita consignas anti-Israel, que se pregunte sinceramente: ¿Acaso estoy pidiendo para los judíos algo que jamás aprobaría que se haga con otro pueblo? Si la respuesta es sí, tal vez debería mirarse al espejo y reconocer el antisemitismo (consciente o no) que lo está carcomiendo. Porque al final, como reza el dicho: “El antisemitismo es el socialismo de los tontos”. Y hoy, tristemente, muchos tontos útiles disfrazados de justicieros sociales están repitiendo los mismos odios de antaño. La historia ya nos enseñó lo que pasa cuando esas ideas prosperan. No podemos permitir que se repita. Es hora de desenmascarar la hipocresía y llamar a las cosas por su nombre: terrorismo es terrorismo, fascismo es fascismo, venga de derecha o de izquierda, de cristianos o de musulmanes. Y apoyar a Hamas o justificar sus masacres es caer en el fascismo más abyecto, aunque uno se pinte de todos los colores del arcoíris mientras lo hace.

Fuentes consultadas: Los datos históricos mencionados se respaldan en abundante documentación: por ejemplo, registros del Mandato Británico (e.g., informe Haycraft) sobre los disturbios de 1921en.wikipedia.org, la lista detallada de masacres en el Mandatoen.wikipedia.org, estudios que cuantifican las víctimas judías de la revuelta de 1936-39jewishvirtuallibrary.org, testimonios de la masacre de Hebrón 1929 recogidos en prensa de la épocaen.wikipedia.org, recuentos periodísticos y académicos de los ataques terroristas de los 60, 70 y 80 – como el atentado de Lod con 26 muertosisraeled.org, la masacre de la ruta costera con 38 muertos incluyendo 13 niñosen.wikipedia.org, o la masacre de Ma’alot con 22 niños asesinadosworldjewishcongress.org. Sobre la Segunda Intifada, reportes de instituciones israelíes e internacionales confirman más de 1.000 israelíes asesinados (mayoría civiles)en.wikipedia.org, con aproximadamente 78% de las víctimas siendo no combatientesen.wikipedia.org. El ataque de Hamas en 2023 ha sido ampliamente documentado: medios y fuentes oficiales cifran ~1.200 muertosblogs.timesofisrael.com y ~250 secuestrados, con evidencias de atrocidades (ONU, medios como BBC, AP y testimonios de forenses que confirman torturas, violaciones y decapitaciones). Hamas mismo difundió el video del rehén cavando su tumbandtv.comndtv.com. Y la propia carta fundacional de Hamas proclama la guerra religiosa total (“el Día del Juicio no vendrá hasta que los musulmanes maten a los judíos”avalon.law.yale.edu). Asimismo, se han citado columnas contemporáneas que ilustran la respuesta progresista: por ejemplo, The Times of Israel reportó cómo en Europa las protestas “pro-Palestina” incluyen lemas que abogan por la desaparición de Israelblogs.timesofisrael.com, y cómo figuras de la izquierda española culpan solo a Israel mientras omiten los crímenes de Hamasblogs.timesofisrael.com. Otra columna satírica expone la incoherencia de colectivos LGBT y feministas apoyando a islamistas que los ejecutaríanblogs.timesofisrael.comblogs.timesofisrael.com, y la falta de reacción de esos mismos grupos ante las mujeres israelíes violadas y asesinadas el 7-Oblogs.timesofisrael.com. En suma, la información citada proviene de fuentes verificables: historiografía del conflicto, agencias de prensa, organismos de derechos humanos y declaraciones de los propios actores involucrados, todo lo cual pinta un cuadro claro de los hechos y refuerza el análisis crítico aquí expuesto.
Conclusión: Israel ha sufrido una larga historia de agresiones motivadas por odio, y es hipócrita e inmoral que sectores que presumen de defender la justicia justifiquen o ignoren esas agresiones simplemente porque las víctimas son judías. La coherencia exige condenar el terrorismo y el genocidio venga de quien venga, y reconocer el derecho de los judíos a vivir en paz en su tierra ancestral. Luchar contra el antisemitismo también es una causa de derechos humanos – una que tristemente muchos “progresistas” han olvidado, quizás porque nunca la entendieron. Es hora de recordárselos con firmeza, con la historia en la mano, y sin miedo a “herir sensibilidades” woke: el odio a Israel es el nuevo antisemitismo, y tolerarlo es repetir los errores más oscuros del siglo XX. Ni más ni menos.
