La hipocresía progresista del escenario: el caso Darín y la eterna desconexión del mundo artístico con la realidad argentina
En las últimas horas, el actor Ricardo Darín se convirtió en exponente de esa élite cultural que, desde sus privilegios y subsidios, se permite opinar sobre la economía de un país al que observa como a través de un vidrio polarizado: apenas lo suficiente para saber que hay gente afuera, pero sin entender lo que viven.
Darín aseguró que una docena de empanadas cuesta 48 mil pesos, una afirmación tan desproporcionada como alejada del mercado real, donde ese producto puede conseguirse por menos de 20 mil pesos en locales reconocidos. El ministro de Economía, Luis Caputo, no tardó en responder con ironía: «Es como decir que los autos cuestan 200 mil dólares porque miré el precio de un Porsche.» Pero lo grave no es el error: lo grave es la instalación deliberada de una percepción distorsionada que busca desprestigiar el esfuerzo de estabilización y sinceramiento económico que está llevando adelante el actual gobierno.
Como si eso fuera poco, Darín también dijo no entender qué significa que “los argentinos puedan usar los dólares guardados bajo el colchón”. ¿Ignora acaso —tras décadas de vivir en Argentina— que millones de ciudadanos aprendieron a sobrevivir al Estado devorador refugiándose en el dólar? ¿No comprende que ese dólar guardado es, para muchos, la única defensa frente a la inflación, la confiscación, y la voracidad de gobiernos que se enriquecen saqueando a los que producen?
Tal vez el problema sea que Darín, como muchos de sus colegas, nunca tuvo que escapar del saqueo estatal. Más bien, formó parte del círculo de artistas beneficiados por él. En las últimas décadas, miles de millones de pesos fueron distribuidos entre productoras, actores y directores que encajaban en el relato del poder de turno. ¿Cuántos de esos recursos se asignaron por mérito artístico y cuántos por alineamiento político? ¿Recibieron fondos los que cuestionaban al gobierno o los que lo aplaudían?
Casos como el de Lali Espósito —símbolo del kirchnerismo artístico subsidiado— ilustran este fenómeno. Y es imposible no preguntarse: ¿hubieran tenido el mismo respaldo estatal si hubieran criticado el relato oficial? ¿O se trata, como tantas veces en la historia argentina, de un sistema perverso donde el burócrata de turno decide qué artista merece vivir del dinero que le arrancan a la fuerza a los ciudadanos?
Esta lógica no es nueva. Se remonta a la década infame, fue perfeccionada por Perón y perpetuada por cada régimen populista posterior. Es el Estado como mecenas ideológico: financia a sus voceros culturales con los recursos que extrae de los que trabajan, producen y ahorran. Mientras tanto, los que realmente la están pasando mal —a quienes Darín parece descubrir recién ahora— quedan atrapados en un sistema donde los incentivos están diseñados para sostener a los amigos del poder, no a los ciudadanos de a pie.
Por eso, cuando desde el gobierno se plantea que los argentinos puedan usar sus dólares en paz, no se trata de premiar la especulación, sino de devolverle a la gente la libertad de decidir qué hacer con el fruto de su esfuerzo. Si esos ahorros, en lugar de ser perseguidos o confiscados, pueden ser invertidos, puestos en producción o simplemente gastados sin miedo, entonces sí se podrá empezar a revertir esa pobreza estructural de la que tanto se habla y tan poco se soluciona.
Pero claro, para eso hay que confiar en la libertad. Algo que los artistas del Estado y los intelectuales del subsidio no están dispuestos a permitir. Porque cuando se acaba el dinero del otro, también se acaban sus privilegios.
